En cada calle, avenida, casa, escuela, negocio; en cualquier parque, universidad, salón, en cada centímetro de la tierra se encuentran historias sin contar o una contada con tanto miedo que inunda el cuerpo hasta hacer pequeño el más duro de los corazones. Al estar con personas alrededor o en la oscuridad de no encontrar a nadie cerca más allá de esa persona que no entendió una respuesta sencilla como un “no”. Ver un lugar fijo tratando de olvidar todo, tratando de encontrar cualquier otra cosa para escapar, para detener o simplemente para intentar salir de este plano para que pasara más rápido el tiempo y después, rogar por un día de descanso por la ansiedad, constantemente la duda de si volverá a pasar y la infinita culpa de que sucediera. En este punto es cuando normalmente las personas ven el problema, normalmente creemos que el resultado aparece magicamente, sin ver todo lo que llevo a ese punto, y dejamos de lado la causa, porque no tenemos tiempo de pensar en otros cuando estamos pensando en como sobrevivir. Y esto es lo que le sirve al sistema, enfocarnos en la supervivencia en vez de poder luchas contra las desigualdades, que aun cuando varias en la actualidad son reconocidas y mediadaas de manera teórica, es inevitable que al aplicarla exista un sesgo enorme al no contextualizar realmente estas soluciones.
Porque el vivir en latinoamerica ya es un reto, aparte del contexto sociohistórico, hay que agregar las resistencias culturares atravesadas por una violencia normalizada por una estructura del Estado.
Porque cuando finalmente se observa el problema, se suele observar desde la superficie. Se mira el acto, el momento, la consecuencia visible, pero rara vez el entramado que lo hizo posible. La violencia aparece entonces como un hecho aislado, como si surgiera de la nada, como si una persona despertara un día y decidiera romper los límites del otro cuerpo, del otro espacio, de la otra vida. Sin embargo, ningún acto de violencia surge en el vacío. Cada uno se encuentra sostenido por una red de silencios, normalizaciones y pequeñas concesiones sociales que, acumuladas durante años, construyen el terreno donde ese acto puede existir. Desde temprana edad se enseña a muchas personas a ignorar las señales. Se aprende a reír cuando algo incomoda, a no exagerar, a no hacer “escenas”, a mantener la paz incluso cuando esa paz implica tragarse el miedo. Se aprende también que ciertos comentarios son “normales”, que ciertas invasiones del espacio personal son “halagos”, que ciertos comportamientos se deben soportar para no parecer exagerado o exagerada. En ese proceso cotidiano, casi imperceptible, se va moldeando una cultura donde los límites del otro dejan de ser absolutos y se convierten en negociables.
Pero la responsabilidad no se encuentra únicamente en las interacciones individuales. Existe también una estructura social que reproduce estas dinámicas. Las instituciones, las normas sociales, las formas de educación y hasta los discursos mediáticos participan en la construcción de lo que se considera aceptable. Cuando una sociedad minimiza ciertos actos, cuando duda sistemáticamente de quienes denuncian, cuando exige pruebas imposibles o relatos perfectamente coherentes a personas que están atravesando trauma, lo que realmente está haciendo es proteger la estabilidad del sistema antes que la integridad de las personas. El sistema funciona precisamente porque distribuye la carga emocional hacia quienes sufren la violencia. Se espera que las víctimas expliquen, justifiquen, demuestren, recuerden cada detalle con exactitud quirúrgica. Se cuestiona su comportamiento, su ropa, su horario, sus decisiones. Mientras tanto, el acto en sí mismo queda desplazado a un segundo plano. La pregunta deja de ser por qué alguien decidió violentar a otra persona y se transforma en qué hizo la persona afectada para encontrarse en esa situación.
Y ese cambio de narrativa es donde radica la invisibilidad, el miedo y la culpabilidad de las victimas de violencia.
Desplaza la responsabilidad, fragmenta la empatía social y reproduce un círculo donde muchas personas prefieren callar antes que enfrentar un proceso de revictimización. El silencio entonces va más allá del miedo al cuestionamiento, muchas veces es también una estrategia de supervivencia dentro de un entorno que no garantiza protección. Además, a forma en que el tiempo afecta la memoria y el procesamiento del trauma. Las experiencias traumáticas no siempre se recuerdan de manera lineal. El cerebro, intentando protegerse, puede fragmentar los recuerdos, distorsionar la percepción del tiempo o incluso bloquear ciertos detalles, sin embargo, los sistemas institucionales suelen exigir relatos completamente coherentes, cronológicos y sin contradicciones. De esta manera, continúa en cada espacio donde se duda, se minimiza o se desacredita el relato de quien la vivió. Continúa cuando las instituciones se vuelven laberintos burocráticos donde denunciar implica exponerse nuevamente al miedo, a la vergüenza y al juicio social.
Por eso resulta insuficiente pensar el problema únicamente desde la perspectiva del castigo posterior al hecho. La discusión sobre justicia es necesaria, pero si se limita a sancionar casos individuales se ignora la dimensión estructural del fenómeno. La violencia es también un síntoma de desigualdades más amplias: desigualdades de poder, de género, de acceso a la justicia y de reconocimiento social. En ese sentido, cualquier intento de transformación real debe considerar la prevención como un eje central. Prevenir significa advertir sobre los riesgos o enseñar a las personas a protegerse y modificar las condiciones sociales que permiten que estos actos ocurran. Implica cuestionar las normas culturales que trivializan la invasión de los límites ajenos, revisar los procesos educativos que reproducen estereotipos de poder y construir instituciones capaces de responder de manera sensible y efectiva. También implica reconocer algo incómodo para las personas al tomar conciencia de que, muchas de las dinámicas que sostienen es un tipo de violencia en cierto nivel de peligro para la integridad de otra. No siempre aparecen en actos extremos o evidentes. A veces se encuentran en comentarios aparentemente inofensivos, en bromas que refuerzan jerarquías, en expectativas sociales que colocan a unas personas en posiciones de control y a otras en posiciones de complacencia. Estas pequeñas prácticas cotidianas, cuando se acumulan, crean el ambiente donde las agresiones más graves pueden existir sin generar una reacción social inmediata.
Ya que, este cambio requiere una transformación de la manera en que se entiende el respeto, el consentimiento y la autonomía del otro. Y esto aplicado a un contexto acostumbrado a la violencia, crea resistencias al percibir que es un peligro a su manera de vivir o de relacionarse con otras personas, porque no se puede concebir otra manera de hacerlo o al creer que si cambia esa manera se caeran sus privilegios que pueden confundir como "libertad" y "derecho". Por lo que, romper ese ciclo implica algo más que escuchar esas historias de personas violentadas, sino que, implica estar dispuesto a transformar el contexto que las hizo posibles, con el pequeño paso de reconocer que hay más de una manera para relacionarse, y para eso es necesario entender que, siempre se puede aprender algo nuevo que nutre al alma y se exterioriza hacia otras. Porque las historias de violencia no nacen de la nada, se construyen lentamente en los espacios donde el silencio pesa más que la incomodidad de enfrentar la verdad.